EL GRAN APAGÓN: UN GUERNICA CUBANO.
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| Pedro Pablo Oliva - El Gran Apagon |
Dagoberto Valdés / Cuba: libertad y responsabilidad. Desafíos y proyectos, 2008-04-08
Ya sabemos
que no hay dos obras iguales, ni hombres similares, ni puras
coincidencias estéticas o históricas. También sé que toda comparación es
molesta, inexacta, arriesgada. Pero no he podido librarme de una
intuición, aún más, de una insinuación, persistente e imposible de
alejar. No ha servido de nada que me repita, una y otra vez, que no sé
nada de pintura, que no tengo experiencia en estas lides estéticas, que
mejor dejarlo a quienes crean, o reciclan celosamente, la llamada
crítica especializada. En fin, he pensado que no soy especialista, lo
que en el mundo artístico casi me atrevería a sospechar que equivale a
decir que soy un simple mortal, alejado de toda iluminación valedera en
el ámbito de esta creación. Todo esto es verdad, pero toda razón ha sido
en vano. Se ha impuesto la premonición, el barrunto, la necesidad de
decir lo que siento, como simple ciudadano, sobre "El Gran Apagón" de
Pedro Pablo Oliva
Comencé a aprehender esta apreciación una noche de 1995 en la Galería de
Artes Plásticas de Pinar del Río. Era la primera presentación del
gigantesco cuadro de Oliva. El autor sorteaba el inevitable embarazo de
todo creador cuando le piden "explicar" una obra. Hoy le he oído, para
mi dicha y mayor inquietud, más de diez "explicaciones" sobre el
"apagón", todas distintas pero iguales en fidelidad a la intención.
Todas matizadas de humor y cierta ironía sabrosa y criolla, que no
despintan al cubano de cepa. Todas iban a lo esencial de la vivencia y
venían casi ayunas de datos técnicos. Eso me ha incitado. Me puedo
acercar- constaté- no es terreno "sagrado", ni tema excluyente. Descubrí
entonces, que no sin cierta ingenua "devoción", había "peregrinado"
hasta "El Gran Apagón" como quien se acerca a un santuario.
Revisé la ortodoxia de tal "reverencia estética" y no pude tampoco
zafarme del hechizo sincrético. Era peregrinar hasta un fragmento del
corazón de Cuba, y eso es sagrado. Era una mezcla de respeto al hecho,
de admiración por el espejo, de veneración ante la intención, y lo duro
de la circunstancia que se me imponía del tamaño de una pared.
Testimonio y profecía. Belleza y dolor. Encierro del túnel y verde de
esperanza. Acoso de ojos y luz sobre la soberanía. Lobo, paloma y
quinqué.
Como quien se inclina ante Cuba, como quien calla, por la inutilidad de
palabras y poses, ante la madre que sufre. Como quien no quiere entender
con la cabeza y siente sin escapatoria. Como quien quisiera que no
hubiera ocurrido y vive el orgullo-pavor de la supervivencia. Como quien
sabe, más bien, presiente, que la muerte no será la última palabra, así
me acerqué a esta obra de Pedro Pablo Oliva.
Así me seguí compenetrando con "El Gran Apagón" y un día, sin
esperarlo, cae en mis manos un catálogo con una breve reseña de Pablo
Picasso y al detener, una vez más, mi vista sobre el "Guernica" encontré
un cierto paralelo, una cierta comunión de intenciones y signos, un
atisbo de coincidencias y diferencias. Me dije: "El Gran Apagón" es el
"Guernica" de Cuba. Y acallé hasta que pude ese atrevimiento. Pero
asentado el presentimiento y puesto a buscar razones, un día lo dije al
autor y a su carismática hija. El primero sonrió con una mezcla de
asombro y duda, la segunda incisiva y prudente, como buena sicóloga,
hizo la pregunta de rigor: ¿por qué?.
Me acerco ahora a la respuesta, diciendo siempre que es sólo una intuición.
Ambas obras reflejan un momento duro, de incertidumbre, muerte de
personas y épocas. Ambos son "documentos", testimonios y archivos, del
sufrimiento de dos pueblos. Por supuesto que por causas diferentes, uno
por una guerra cruenta, el otro por la guerra fría, uno a causa de un
bombardeo de bombas extranjeras en 1937 en el marco de un desastre
llamado guerra civil; el otro, a consecuencia de un bombardeo de
circunstancias que se agolparon en un período llamado "especial" no
exento de presiones e influencias venidas de fuera: caídas y embargos,
desaparición de mercados y subsidios, amenazas a la supervivencia.
"Guernica" apareció en el pabellón español de la Exposición Universal
de 1937, la opinión pública internacional lo ha considerado "la mayor
pintura trágica del siglo XX". Era el grito de un pequeño poblado vasco
escuchado por la genialidad de un artista comprometido con su tiempo.
Desde una pequeña casa de familia guajira en Pinar del Río, sobre el
suelo, se fue desenrollando, porque no había "espacio", un lienzo de
verdades que nace gracias a la tenacidad imparable de otra genialidad
criolla, e igualmente comprometida con su tiempo. Va apareciendo, sin
previo aviso, un túnel de peligros y dolores, de huidas e
incertidumbres, de dolor y vacíos. Era uno de los momentos más trágicos
de nuestra historia patria.
Creo que ambos autores han querido dejar plasmados y acuciantes,
avizores y, en cierto sentido, molestos, estos dos momentos del devenir
de sus pueblos, con un amor tan grande a sus esencias e historias que no
han podido quedar inermes ante su sufrimiento. Creo que esta es la
"coincidencia" fundamental. Lo otro es rasgo, símbolo discutible,
apreciación subjetiva y por ello no menos real, pero perteneciente al
reino del espíritu, gracias a Dios, tan libre e inasible, como inefable.
En ambos óleos hay oscuridad y un solo haz de luz venido de la pequeña
llama de un quinqué. Ya sabemos que la luz verdadera es siempre así,
pequeña, penetrante, fecunda desde adentro, pero débil en su primer
gemido. Como cuando pare una mujer para dar "a luz" una criatura nueva.
En ambos hay animales amenazantes y sombríos, cuyas fauces no sabemos
bien si están abiertas de dolor o de crueldad. En el "Guernica" un toro
que para Picasso es símbolo de "la brutalidad y la oscuridad". En el
"Apagón" es un lobo gigantesco salido también de la oscuridad. En el
primero, tan cerca de la pequeña luz como pudo, campea el caballo herido
que para el autor representa al pueblo español. En el Oliva, debajo
exacto del único haz de luz, una tribuna, vacía y expectante. Sólo la
llenan, la cubren, son su misma estructura, las franjas y la estrella
solitaria: es el símbolo de la nación cubana, eso sí, no sola, sino
rodeada de hombres que, sin duda, han marcado, de alguna manera, la
historia del país.
También hay hombres y mujeres sencillos, pero no anónimos, que cubren
casi toda la superficie y que, a medida que se alejan, sufren. Otros
perecen ahogados entre las olas de un cuño casi al margen; otros
sobreviven, como aquel impresionante y pequeño hombre que hace
equilibrios sobre el filo de una pértiga de riesgos, acosado por
izquierda y derecha en lo más alto de la oquedad del túnel. Otros
"hombre-citos", pequeños de alma y de entrega, flotan sobre frutas
jugosas o bajo sombrillas en el aire, como si adornasen los márgenes de
la obra. Se evaden por dentro, no ponen sus pies en la tierra, se
desentienden del dolor y del túnel, creen que están fuera de él y fuera
del desgarramiento y el sacrificio. Están muertos de oportunismo y fríos
de solidaridad. Van solos; o, por lo menos, así los veo yo.
En el Picasso, las figuras planas, simples, no andan solas, yacen en
amasijo de pueblo masacrado. Los agudos ángulos contrastan con las
curvas de Oliva, pero el dolor no es geométrico. En blanco y gris, en
negro y luz, las de Picasso; en verdes y amarillos, rojos y azules las
de Oliva, porque la vida es así, de polícroma y contrastante. En Picasso
se ve la herida por fuera. En Oliva va por dentro. Pero en ambos el
desgarrón. Con la sobriedad, casi descarnada del país vasco en uno, con
la exhuberancia caribeña y tropical en el otro; pero, quién dijo que el
sufrimiento tiene latitudes.
Ver bajo la geometría de las formas, auscultar bajo la piel multicolor
de la vida, curar la herida donde esté y descubrir la esencia del hombre
sin los límites de meridianos, es poder leer del arte el mensaje de
humanidad. Eso he experimentado al escuchar a Oliva y es mi mejor
recomendación para los que se acerquen a "El Gran Apagón".
Una última apreciación y un deseo
El túnel de Oliva tiene salida y la muerte no tendrá la última
palabra. También en el "Guernica" quiero ver, desde abajo del triángulo
de luz y de la pata del caballo que representa al pueblo, casi
imperceptible en medio de tanto horror, cómo se yergue, trémula pero
vivaz, una pequeña flor que nace del brazo herido y de la espada
quebrada.
Para mí, lo que en Picasso es detalle de resurrección, en Oliva es
atmósfera rediviva. Creo ver, en el verde predominante del apagón, que
la esperanza es más fuerte que el caos y la sombra. Este óleo-insignia
de la espiritualidad de Pedro Pablo destila por las grietas del túnel,
profusión de espacio y de vida. Creo que no podría ser de otra manera
conociendo la discreta y exuberante fuerza interior del autor, es decir,
su mística cubanísima. Ya sabemos que ni en los peores momentos, los
cubanos nos hemos dejado arrancar el humor y la esperanza. Quizá de aquí
brote la gran capacidad de recuperación de nuestro pueblo. "El gran
apagón" es el certificado, "acuñado" por la vida real, de que Cuba
seguirá fiel a la luz y a la vida, al color y a la diversidad, al riesgo
y al movimiento, aunque este sea sobre el filo de una pértiga acosada
de peligros, pero en lo alto de la existencia que nos sugiere la
estatura que tiene la dignidad.
Por esto, y porque comparto con Oliva el arraigo y el gran amor y
respeto por el pueblo de Pinar del Río, expreso el deseo de que "El Gran
Apagón" no se vaya de aquí. Hay que buscar el lugar apropiado. Quizá
pudiera estar en ese proyecto de museo de las artes plásticas que es
digna iniciativa que adeudábamos con los creadores de estos lares.
Que "El Gran Apagón" permanezca en la tierra verde y fértil donde nació
desenrollado como un libro del Pentateuco, mezcla del Génesis y del
Éxodo, de la mano de un guajiro universal, porque Pinar del Río merece
tener este documento de riesgo y esperanza. No sólo porque enriquece su
patrimonio artístico, ya fecundo, sino porque puede ser meca y santuario
de cuantos vienen buscando la esencia de la humanidad, la nobleza de
Vueltabajo y el carisma identificativo del color local. Eso sí, que sea
sin localismos ni chovinismos, pero con un gran sentido de pertenencia.
El "apagón" abre esta pequeña ciudad a la universalidad y salva a esta
de los lobos de la globalización.
Por eso creo que "El Gran Apagón", de Pedro Pablo Oliva, vislumbra la
luz al final del túnel y puede encender, dentro de todo el que lo
admira, el quinqué de la esperanza.
8 de Abril de 2001
En el 28 aniversario de la muerte de Picasso.